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20 mayo, 2008

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Una manito por favor

por Otto

De Ángel Rosenblat

Publicado originalmente en el Papel literario de El Nacional, Caracas, 17 de octubre de 1955.

Me preguntan por qué en España dicen la manita y en Venezuela la manito. En realidad, la manito no es sólo de Venezuela, sino de casi toda la América del Sur (Colombia, Ecuador, Perú, Chile, la Argentina), de Costa Rica y Nicaragua y de Puerto Rico y SantoDomingo. En España se conoce también, por lo menos en Andalucía, junto a la manita. En Álava llaman manitas de Dios a la madreselva, pero también manicos de Dios.

En materia de lenguaje toda generalización es aventurada. La manito no se da en toda Venezuela. En los Andes hasta la gente del pueblo dice la manita, La Abeja, de Mérida, al hablar, el 16 de noviembre de 1858, de los garitos, decía: «Es fama que algunos agentes de policía, grandes y chicos, han echado a veces su manito por modo de diversión.» Pero Tulio Febres Cordero registra, en el cancionero infantil de Mérida (se canta mientras sacuden la mano al niño marcando el compás):

La manita la tengo quebrada
y no tengo huesito ni nada.

Todo el resto del país sí usa la manito, sin distinción de clases sociales: «¡Écheme una manito!», «Déme una manito de cambur». En sus tiempos lo defendió Baldomero Rivodó. Es la forma de la canción infantil: «¡Qué linda manito que tengo yo! ¡Qué linda, que bella que Dios me la dio!». En El mestizo José Vargas, de Guillermo Meneses, un jugador insiste: «¿Ótra manito, don Pablo?» En El forastero, de Rómulo Gallegos, Edecán o «Comemuerto» juega con Gabiare su partida matinal de bolos (bolas criollas), y dice: «Va la última, General. Pa que sean cuatro de esta sola manito. Porque las otras tres ya me se arrimaron al mingo.» Y en Tierra del sol amada, de Pocaterra, María rechaza al impetuoso galán: «¡Eh, señor Relámpago, las manitos quietas!»

Ha habido una violenta reacción contra las manitos de América. Cuervo, en sus Apuntaciones, de 1885, lo consideraba una repugnante vulgaridad (en las ediciones posteriores figura simplemente como vulgar, sin duda porque lo de repugnante le pareció exagerado o injusto). Ramón Gómez de la Serna, al encontrarse con el uso argentino, en un ingenioso artículo de 1941 titulado «Áteme esa mosca por el rabo», decía:

Damos la mano, y vemos en todo la mano de Dios y estrechamos la mano al amigo y vemos la mano señaladora a la salida de los teatros, y de pronto las manos se convierten en manitos al caer en diminutivo. ¿Por qué no las manitas? El niño, que es el más aludido con las manitos, sufre así una irregularidad en la dicción que le irregularizará el lenguaje, que tiene leyes de lógica y de armonía. ¿Por qué de las manos han de venir las manitos? ¡Áteme esa mosca por el rabo!

Tratemos de atar esa mosca por el rabo. La mano y el día son, en rigor, las dos únicas voces que, desde el latín hasta hoy, han mantenido su género a pesar de la terminación: la mano, a pesar de la -o al final; el día, a pesar de la -a final. Son, pues, dos casos anómalos en el sistema de la lengua. ¿Y cuál es el diminutivo de día? Es el diíta, manteniendo la -a final. Así también poemíta (de poema), poetilla (de poeta), etc. Lo mismo sucede en los nombres femeninos de persona acabados en -o: Rosarito o Charito, Consuelito, Amparito, Socorrito, Milagritos. Es el mantenimiento de la anomalía en la derivación. Y también en los femeninos Dolores o Mercedes: Dolorítas, Merceditas, como Carlos hace Carlitos. Y aun con un adverbio como lejos, que hace en diminutivo lejitos y en superlativo o elativo lejisimos (entre nosotros también el aumentativo lejotes), aunque el habla familiar dice muchas veces Dolorita, Mercedíta, lejito y lejísimo, regularizando la terminación.

En cambio, los diminutivos castellanos manita, manilla, manecita, manija representan una ruptura de la anomalía de mano, una regularización: la manita es ya un femenino acabado en -a, en contraste con la mano. Frente a ello, el uso americano de manito responde más consecuentemente al sistema de derivación de nuestra lengua.

Veamos todavía algo más, para completar nuestra perspectiva. Sustantivos como azúcar o almíbar hacen el diminutivo, en las distintas regiones, de dos modos: azuquita, almibita (Venezuela, la Argentina, Chile, Cuba) o bien azuquítar, almibítar (Andalucía, Perú, Ecuador, etcétera). En Santo Domingo alternan los dos modos. En el Perú y el Ecuador se oye además Cesítar, Victítor, Bolivítar (en Venezuela, en cambio, un bolivita o un bolivarito, y también azucarita). En los dos resultados contrapuestos hay también el juego de dos tendencias: primacía del sufijo (azuquita, alinibíta, quizá favorecidos por el desvanecimiento o pérdida de la r final de azúcar o almíbar en muchas regiones) o conservación de la estructura morfológica del primitivo: azuquítar, almibítar. Rabanales analiza en Chile las formas Osquítar, azuquítar, Carlitos: el sufijo diminutivo se ha transformado en infijo.

Analicemos ahora el problema sin prejuicios. España ha hecho manita aplicando el sistema general, de que los sustantivos femeninos terminan en -a. En cambio, la mayor parte de América ha hecho manito manteniendo la irregularidad de mano. Han actuado dos fuerzas distintas: el sistema general de la analogía y el sistema particular de la anomalía. ¿No son dos fuerzas de acción permanente en toda la vida de la lengua, y en la vida de todas las lenguas? Ya en Alejandría y Pérgamo, y luego en la Roma antigua, los gramáticos peleaban denodadamente por los principios contrapuestos de la analogía y la anomalía (César alternaba su conquista de las Galias con la composición de un tratado sobre la analogía). Los analogistas habrían defendido la manita; los anomalistas, la manito. Nosotros, en cambio, vemos en la lengua el juego armónico de las dos fuerzas.

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  1. Ene 25 2011

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